Estudio Bíblico: Mateo Capítulo 27:51 – 28:7

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Comentario Bíblico de San Mateo Capítulo 27:51 – 28:7. La Santa Biblia en audio MP3.
Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro viaje por el Nuevo Testamento y nos estamos aproximando al final del estudio del evangelio según San Mateo. En nuestro programa anterior, estábamos considerando la crucifixión del Señor Jesucristo, y concluimos diciendo que Mateo, al hablar de los dos ladrones que estaban crucificados con el Señor, nos dice que ellos se unieron a los príncipes religiosos para burlarse de Jesús. No menciona el hecho de que uno de los ladrones por fin volvió a Jesús. Es que el reino de Dios en Mateo está en la tierra; el ladrón que se arrepintió fue con Cristo aquel mismo día al paraíso.
Dijimos además que el Señor Jesucristo había sido clavado en la cruz a las nueve de la mañana. Al mediodía, el hombre había hecho todo lo que podía haberle hecho al Cordero de Dios. Durante las tres horas siguientes las tinieblas rodearon la cruz, la que llegó a ser un altar donde el Cordero de Dios se ofreció como el sacrificio por los pecados del mundo. El Antiguo Testamento da luz adicional sobre lo que ocurrió en la cruz. El profeta Isaías, en el capítulo 53 de su profecía, versículo 10, dice: Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje. . . En el Salmo 22, versículo 1, leemos: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Fue en la cruz donde Jesucristo fue desamparado por Dios y herido. Murió cual ningún otro hombre porque “entregó el Espíritu”, o sea, ‘despidió Su Espíritu’. Cuando nosotros sentimos el estertor de la muerte, hacemos lo posible por conservar aquel resuello final porque queremos tanto la vida. El Señor Jesús murió de buena gana, y dejó voluntariamente que Su Espíritu saliera de Su cuerpo.
Consideremos ahora los incidentes relacionados con la muerte de Jesús. El Espíritu de Dios cubrió la cruz con un manto de silencio para que usted y yo no la miráramos para satisfacer nuestra curiosidad. El murió allí por los pecados suyos y por los pecados míos. El versículo 51 de este capítulo 27 del evangelio según San Mateo, nos dice:
51Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; (Mat. 27:51)
En la muerte de Cristo algunas cosas muy notables sucedieron. Una de ellas fue un terremoto, y otra fue la rotura del velo del templo, no de abajo hacia arriba, sino de arriba hacia abajo. No fue el hombre quien rasgó el velo; fue Dios quien lo hizo. El velo habla de la carne de Jesús. Cuando se rasgó Su carne en la cruz, Cristo había pagado la pena de nuestros pecados en Su propio cuerpo; y el camino a Dios había quedado bien abierto. Su vida estaba simbolizada por el velo que realmente excluía al hombre de la presencia de Dios. En el evangelio según San Juan, capítulo 14, versículo 6, leemos: Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Ya no nos hace falta un sacerdote ni un predicador para mediar por nosotros. Nadie tiene que acercarse a Dios por nosotros. Podemos acercarnos directamente al trono de Dios como pecadores, por medio de Cristo. Permítanos poner énfasis sobre el hecho de que el único camino que podemos tomar para llegar a Dios, es el Señor Jesucristo. Cuando Él murió en la cruz y entregó el Espíritu, pagó allí por los pecados suyos y los míos; como lo dice el Apóstol Pablo en su primera carta a Timoteo, capítulo 2, versículo 5: Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Ahora, leamos los versículos 52 y 53 de este capítulo 27 de Mateo:
52y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; 53y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. (Mat. 27:52-53)
Este es uno de los milagros extraños relacionados con la muerte de Cristo. El terremoto no fue una casualidad sino un acontecimiento inteligente en el cual se abrieron los sepulcros de muchos santos que habían dormido y sus cuerpos se levantaron. Sólo ciertos santos fueron levantados de la muerte, y creemos que fueron parte de la compañía que fue al cielo, cuando Él llevó cautiva la cautividad en Su ascensión, de que nos habla el Apóstol Pablo en su carta a los Efesios, capítulo 4, versículos 7 al 10. No disponemos del tiempo suficiente para hablar en detalle en cuanto a esto, pero note usted, que los que se levantaron de los muertos fueron testigos de lo que aconteció. Prosigamos ahora con los versículos 54 al 56 de este capítulo 27 de Mateo:
54El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios. 55Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, 56entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. (Mat. 27:54-56)
Quizá alguien preguntará: “¿Fue ésta la conversión del centurión romano?” Creemos que él llegó a ser un hombre salvo. Presenció lo que sucedió en la cruz, y esto confirmó para él que el crucificado de veras era el Hijo de Dios. El centurión tomó su lugar debajo de la cruz de Cristo, y esto es todo lo que exige Dios que haga un pecador para obtener la salvación eterna de su alma.
Note usted este incidente tierno relacionado con la muerte de Cristo. Algunas mujeres eran leales y se quedaron al lado de la cruz. Eran leales aun cuando los Apóstoles habían huido. ¿Recuerda usted la declaración en Mateo 26:56? Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron. Ahora, leamos los versículos 57 al 61 de Mateo, capítulo 27:
57Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. 58Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo. 59Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, 60y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue. 61Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro. (Mat. 27:57-61)
Después de Su muerte, el Señor fue tocado solamente por manos cariñosas. Este hecho audaz de José de Arimatea ha causado que su nombre fuese inscrito en la páginas de la eterna Palabra de Dios. Era un discípulo secreto de Jesús hasta aquel momento. Pero, cuando Cristo murió en la cruz, José dio un paso al descubierto y declaró así su fe. Fue hasta donde Pilato y le pidió el cuerpo de su Salvador. Juan nos dice en su evangelio que José y Nicodemo vinieron trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras, para ungir el cuerpo de Jesús. El evento de la muerte de Cristo causó la dispersión de algunos de Sus seguidores, pero trajo a otros al descubierto. Leamos ahora los versículos 62 al 66 de este capítulo 27 del evangelio según San Mateo:
62Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato, 63diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. 64Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero. 65Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis. 66Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia. (Mat. 27:22-66)
Parece que cuando el Señor les dijo a Sus discípulos que Él resucitaría al tercer día, ellos lo informaron a muchas otras personas. Al parecer, las noticias llegaron también a los príncipes religiosos, quizá en el último momento, y ellos entonces preocupados hicieron algunos arreglos con los romanos para asegurarse de que el cuerpo del Señor quedara en el sepulcro. Y precisamente, este mismo hecho hizo mucho más difícil su disculpa más tarde, de que alguien se había llevado el cuerpo en el tercer día, así como lo vemos en Mateo 28, versículos del 12 al 14. El celo del enemigo realmente dio la confirmación de Su resurrección. La esperanza del mundo quedó muerta dentro del sepulcro de José de Arimatea. La tumba sellada y la guardia romana garantizaban a los enemigos del Rey que Él se quedaría allí. Sin embargo, el Rey había prometido que resucitaría de los muertos, y así, ¡el Rey de Reyes cumplió Su Palabra! Y así, amigo oyente, concluimos nuestro estudio del capítulo 27 del evangelio según San Mateo.
Nos encontramos ahora, en el último capítulo de este evangelio, el capítulo 28. Este capítulo comprende la Resurrección de Jesús y la Gran Comisión. Los dos grandes hechos que son el cimiento firme de la fe cristiana, son la Muerte y Resurrección del Señor Jesucristo. El Apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios, capítulo 15, versículos 3 y 4, confirma esto diciendo: Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras. El Apóstol Pablo, autor de la mayor parte del Nuevo Testamento, escribió estas palabras bajo la guía del Espíritu Santo.
Ambos hechos son esenciales para la fe salvadora. El hecho singular del evangelio es la resurrección. Todas las otras religiones registran la muerte de su líder. Pero sólo la fe cristiana registra la resurrección de Su fundador. Todos los otros líderes religiosos han quedado muertos. En cambio, ¡SÓLO JESÚS VIVE! Es importante e imperativo que lo sepamos.
Ningún escritor de los evangelios da todos los detalles que tienen que ver con la resurrección. Cada uno cuenta aquel aspecto de la resurrección que contribuye al adelanto del propósito específico que el Espíritu Santo tenía en consideración. Por eso, los cuatro evangelios presentan un cuadro de varios componentes. Ningún escritor busca dar la historia entera, sino la parte que sirva a su propósito. Todos los relatos de los evangelios deben ser juntados para obtener un cuadro total, y ningún conflicto ni contradicción aparecerá entre ellos.
Mateo presenta a Jesús como el Rey. Él da lo más notable de la historia de la resurrección, o sea, lo que contiene el elemento de lo espectacular y sensacional. Hay un son de trompetas en el relato dado en Mateo. En Mateo, por ejemplo hay: el terremoto, el descenso del ángel, la piedra quitada, los guardias, y el esfuerzo de los príncipes religiosos por encubrir el hecho del sepulcro vacío.
Compare usted el relato de Lucas, por ejemplo. Hay una quietud y un tono sumiso que caracteriza el propósito de Lucas. Las mujeres llegan en la tranquilidad de la madrugada, y encuentran que la piedra ya había sido removida. El Señor Jesús aparece sin ser reconocido por los dos discípulos en el camino oscuro a Emaús, y luego, a los discípulos en un cuarto secreto de una casa cuya dirección no es conocida. Lucas, cuenta la historia humana; Mateo por su parte presenta a Cristo en Su oficio majestuoso. Ambas historias son exactas, así como lo son las historias de todos los cuatro evangelios, pero son presentadas desde cuatro puntos de vista diferentes.
La gran comisión en Mateo ha sido una fuente de controversia entre dos grupos extremos en la iglesia. Un grupo cree que la llamada gran comisión contiene el único mandamiento para la iglesia. Otros creen que la gran comisión no tiene significado para el día de hoy, y que debe ser excluida del programa de la iglesia. Ambos puntos de vista extremos nos parecen igualmente incorrectos.
Hemos tratado de enseñar que el evangelio según San Mateo tiene una aplicación directa para nosotros y por tanto, la gran comisión tiene una aplicación para nosotros hoy en día. Eso no quiere decir sin embargo que no encontraremos un significado final y más lleno en el futuro. También es obvio, que Mateo no dio la historia completa de la resurrección, ni nos dio toda la comisión. La comisión en el evangelio según San Mateo debe ser considerada con Hechos, capítulo 1, versículo 8, tanto como con los otros tres evangelios. Todos estos dan un mandamiento completo, tanto para el presente día, como para el futuro.
Hay una palabra final de introducción que debe ser mencionada al llegar a este capítulo final. En el evangelio según Mateo encontramos la gran comisión; pero no es la comisión sino la omisión, la que es impresionante. No se menciona la ascensión en el evangelio según San Mateo. El reino es asociado e identificado con esta tierra. Es el reino de los cielos en la tierra. ¡El Rey pertenece a la tierra! Leamos entonces, el primer versículo de este capítulo 28 de Mateo:
1Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro. (Mat. 28:1)
Hay una sugerencia pertinente aquí en la declaración: Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana. . . y es que la dispensación vieja de la ley estaba moribunda, y que el nuevo día de la gracia estaba comenzando. Jesús estaba muerto en el día de reposo, pero estaba vivo en el primer día de la semana. Nosotros estamos muertos a la ley, pero vivos a Cristo. El día de reposo pertenece al viejo orden; el primer día pertenece al nuevo día. Ahora, es difícil identificar a la otra María que se menciona aquí en este versículo. La tradición declara que ella era la madre de Jacobo y José. Leamos entonces, el versículo 2:
2Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. (Mat. 28:2)
Estos hechos son sensacionales: el terremoto, el descenso del ángel, y la piedra removida. Hubo un terremoto cuando se instituyó la ley; así lo vemos en Éxodo, capítulo 19, versículo 18. Hubo un terremoto en el tiempo de la crucifixión del Señor; así lo vimos en el versículo 51 del capítulo 27 de Mateo. La resurrección nos fue presentada con un terremoto. Y ahora, aquí hay un aspecto que quisiéramos que usted note con toda atención. Y es que, el ángel no quitó la piedra para dejar salir a Jesús. Jesús ya estaba fuera de la tumba. La piedra fue quitada para dejar entrar a Sus seguidores. Leamos ahora, los versículos 3 y 4 de Mateo 28:
3Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. 4Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos. (Mat. 28:3-4)
Es interesante notar la descripción del ángel porque esto es muy excepcional en las Escrituras. Otras descripciones puede usted notarlas en Daniel, capítulo 10, versículo 6; y también en Apocalipsis, capítulo 10, versículo 1. Leamos ahora los versículos 5 al 7 de Mateo 28:
5Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. 6No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. 7E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho. (Mat. 28:5-7)
Cuando lo sobrenatural toca lo natural, siempre es con una palabra para aliviar el temor; por tanto el ángel dijo: No temáis. El ángel dio el divino anuncio de la resurrección. El cuerpo de Jesús no estaba ya en la tumba. Había salido antes que la piedra se quitara. Más tarde, Él entró en un cuarto estando las puertas cerradas. El cuerpo glorificado de Jesucristo fue radicalmente diferente al cuerpo que recibió en Belén cuando nació.
A este punto el anuncio angelical ha cesado. De aquí en adelante el mensaje será expuesto por labios humanos diciendo: “Ven y ve; anda y dilo”. Pero antes de todo intento de testificar de estas verdades divinas, es necesario tener en primer lugar una inquebrantable convicción de la verdad de la resurrección de Jesús. Hay que tener la convicción de que Cristo murió por los pecados suyos y míos, amigo oyente, y que fue sepultado conforme a las Escrituras. Entonces podemos decir: “Ven y ve el lugar donde fue puesto el Señor. No está aquí; pues ha resucitado”. Con esta convicción muy dentro de nuestro corazón, podemos ir de prisa y avisar al mundo que estamos listos para ir y compartir el mensaje de las Buenas Nuevas de salvación en Jesucristo.
Y así, amigo oyente, llegamos por hoy al final de este programa. Para considerar la última parte de este capítulo 28 del evangelio según San Mateo, volveremos, Dios mediante, en nuestro próximo programa. Será, pues, hasta entonces, es nuestra oración ¡que el Señor le bendiga abundantemente!

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