Estudio Bíblico: Levítico Capítulo 8:15-36

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Estudio de Levítico Capítulo  8:15-36. La Santa Biblia en audio MP3.
Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro viaje por el libro de Levítico. En nuestro programa anterior, estábamos comenzando a considerar el lavamiento de los sacerdotes y de Aarón por la sangre de las ofrendas, dentro del tema de la consagración de los sacerdotes. Y nos detuvimos en el versículo 14 de este capítulo 8 de Levítico, donde leemos:
14Luego hizo traer el becerro de la expiación, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del becerro de la expiación, (Lev. 8:14)
Dijimos que el becerro era una ofrenda de expiación por los pecados del sumo sacerdote, pero que los cuatro hijos de Aarón también podían reclamarlo como su ofrenda. Sus pecados eran transferidos a la víctima y ese era precisamente el significado de esta imposición de manos que se menciona aquí. Dios escribió indeleblemente en sus almas y grabó con fuego en sus corazones, el hecho de que todavía eran pecadores aunque estuvieran al servicio de Dios. Notaremos mientras avanzamos a través de la Palabra de Dios, que los hombres de Dios siempre han estado conscientes del hecho que son pecadores. El Salmista, en el Salmo 40:12, dice: Porque me han rodeado males sin número; Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla. Amigo oyente, ¿cree que es usted ese tipo de pecador? Dios puede hacer algo por usted si esa es su condición. Después de todo, si usted no enferma lo suficiente como para ir al médico, pues, no va a ver al médico; y si usted en este caso no está seguro si es o no un verdadero pecador, es probable que tampoco acuda a Cristo. El Salmista nos dice una vez más en el Salmo 38, versículo 4: “Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza; Como carga pesada se han agravado sobre mí”. Luego, en el Salmo 69, versículo 5, dice: “Dios, tú conoces mi insensatez, Y mis pecados no te son ocultos”.
Amigo oyente, si es que usted tiene cargas que son demasiado pesadas, consiga que otro se las lleve. Y gracias a Dios que hay Alguien que dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. “Llevaré sus cargas”, dice el Señor Jesús. Pero, amigo oyente, no trate de engañar a Dios, pues Él conoce todo en cuanto a usted, de modo que no sería malo que se lo cuente, ¿no le parece? Continuaremos hoy con el versículo 15 de este capítulo 8 de Levítico y leeremos hasta el versículo 17, dice así:
15Y lo degolló; y Moisés tomó la sangre, y puso con su dedo sobre los cuernos del altar alrededor, y purificó el altar; y echó la demás sangre al pie del altar, y lo santificó para reconciliar sobre él. 16Después tomó toda la grosura que estaba sobre los intestinos, y la grosura del hígado, y los dos riñones, y la grosura de ellos, y lo hizo arder Moisés sobre el altar. 17Mas el becerro, su piel, su carne y su estiércol, lo quemó al fuego fuera del campamento, como Jehová lo había mandado a Moisés. (Lev. 8:15-17)
Este ritual no tiene sentido sino hasta cuando comprendamos su lección espiritual. Es casi idéntico al ritual de la ofrenda por el pecado que ya hemos estudiado, con la excepción de que la sangre es puesta en los cuernos del altar de bronce, en lugar del altar de oro. Aun el altar que se usa para los sacrificios de sangre tiene que ser dedicado con sangre. Esto es para recordarnos que no hay ningún mérito en la madera misma de la cruz. Hay muchas personas hoy en día que creen que la cruz en sí tiene gran mérito, pero la verdad es que ¡no hay ningún mérito en la cruz por sí sola! El mérito se encuentra en Aquel que derramó allí Su preciosa sangre por nosotros. Aunque Jesucristo fue hecho pecado por nosotros, nunca fue contaminado con pecado, ni aun fue manchado con el pecado. Fue hecho pecado, y sin embargo, fue apartado de los pecadores. Una vez más notemos que todos estos ritos fueron hechos según el mandamiento de Dios y con un simbolismo muy claro. Leamos ahora los versículos 18 al 21 de este capítulo 8 de Levítico:
18Después hizo que trajeran el carnero del holocausto, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero; 19y lo degolló; y roció Moisés la sangre sobre el altar alrededor, 20y cortó el carnero en trozos; y Moisés hizo arder la cabeza, y los trozos, y la grosura. 21Lavó luego con agua los intestinos y las piernas, y quemó Moisés todo el carnero sobre el altar; holocausto de olor grato, ofrenda encendida para Jehová, como Jehová lo había mandado a Moisés. (Lev. 8:18-21)
Vemos ahora, que cumplen el ritual del holocausto. El holocausto seguía después de ofrecerse la ofrenda por el pecado. Es imposible comprender las bellezas y los méritos de Cristo, sino hasta después que la cuestión del pecado ha sido tratada de una manera que es satisfactoria para Dios. Mientras que la ofrenda por el pecado simboliza lo que Cristo hizo en la cruz por nosotros, el holocausto simboliza Su persona, nos da a conocer quién es Él. Usted, amigo oyente, nunca le conocerá de veras sino hasta cuando acuda a Él para que le salve; hasta cuando le acepte como su substituto por los pecados de que usted es culpable. Él pagó la pena por su pecado, y es de vital importancia saberlo. En realidad, la palabra “comunión” en el Nuevo Testamento significa “el compartir las cosas de Cristo”. Sólo aquellos que han sido comprados con sangre pueden compartir de veras las cosas de Cristo. Los sacerdotes tenían que ir adentro del Lugar Santo para ver las bellezas de aquel lugar. Lo de afuera no era hermoso en nada. Asimismo, el mundo incrédulo no ve la hermosura de Cristo, y le rechaza, pero el hijo de Dios descubre cada día nuevas hermosuras y glorias. Continuemos ahora leyendo los versículos 22 al 24 del capítulo 8 de Levítico:
22Después hizo que trajeran el otro carnero, el carnero de las consagraciones, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero. 23Y lo degolló; y tomó Moisés de la sangre, y la puso sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, sobre el dedo pulgar de su mano derecha, y sobre el dedo pulgar de su pie derecho. 24Hizo acercarse luego los hijos de Aarón, y puso Moisés de la sangre sobre el lóbulo de sus orejas derechas, sobre los pulgares de sus manos derechas, y sobre los pulgares de sus pies derechos; y roció Moisés la sangre sobre el altar alrededor. (Lev. 8:22-24)
En realidad este “carnero de las consagraciones” era una ofrenda de transgresión para los sacerdotes. Pero no era necesario ofrecer ninguna ofrenda de paz. Ahora, ¿por qué no? Porque los sacerdotes ya estaban en el Lugar Santo, en el lugar de comunión y compañerismo.
El poner la sangre sobre el lóbulo de la oreja era esencial para poder escuchar la voz de Dios. Sin aquella sangre purificadora, amigo oyente, nunca podrá usted escuchar la voz de Dios. El hombre natural no puede recibir las cosas de Cristo. Ahora, el acto de poner la sangre sobre los pulgares de sus manos era esencial para poder servir. Es imposible servir al Señor antes de ser salvo. El acto de poner la sangre sobre los pulgares de los pies era esencial para poder andar delante de Dios. Y así, toda la personalidad tiene que ser presentada a Dios.
Los versículos 25 al 29, nos dicen que tomaron partes de todas las ofrendas y las juntaron y las pusieron en las manos de Aarón y sus hijos. Luego, las mecieron delante del Señor. Esto significaba una entrega o consagración completa a Dios sobre la base del valor de esta ofrenda. El escritor a los Hebreos, en el capítulo 9 de su carta, versículo 28, nos recuerda que: “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”. Prosigamos ahora con el versículo 30 de este capítulo 8:
30Luego tomó Moisés del aceite de la unción, y de la sangre que estaba sobre el altar, y roció sobre Aarón, y sobre sus vestiduras, sobre sus hijos, y sobre las vestiduras de sus hijos con él; y santificó a Aarón y sus vestiduras, y a sus hijos y las vestiduras de sus hijos con él. (Lev. 8:30)
Ahora, los sacerdotes son consagrados junto con Aarón con sangre y aceite. La sangre es para el perdón de los pecados, la obra de Cristo; mientras que el aceite representa el ungimiento del Espíritu de Dios, quien nos prepara y nos da poder para servirle. Las instrucciones para esto fueron dadas allá en Éxodo, capítulo 29, versículo 21.
Esto habla del Señor Jesús, quien dijo en Juan 17:19: “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”.
Esto también debe recordarnos que los creyentes debemos caminar delante del mundo como hijos que han sido comprados con la sangre de Cristo. Esto es lo que el Apóstol San Judas quiso decir en su epístola, versículo 23: “A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne”. La verdad es que podemos cumplir con todos los ritos de consagración, y hacer promesas de consagración; pero el asunto es: ¿qué piensan sus vecinos en cuanto a usted? ¿Qué piensan los compañeros de clase en cuanto a usted? ¿Realmente creen sus socios que usted está sirviendo a Dios? ¿Creen que usted es consagrado?
Alguien expresó una vez una frase que creemos es maravillosa, con respecto a un creyente. Dijo: “No sé mucho en cuanto a la religión de aquel hombre, pero si entro en alguna religión, entraré en la de él”. Quizá demasiadas veces lo que el mundo ve en las vidas de los cristianos, no es realmente muy llamativo. Nuestras vidas, amigo oyente, deben ser tales que atraigan al hombre del mundo hacia el Señor Jesucristo. Y pasamos ahora a considerar el último aspecto dentro de la consagración de los sacerdotes, en este capítulo 8 de Levítico. Este aspecto es, los mandamientos dados a Aarón y a sus hijos. Leamos los versículos 31 y 32 de este capítulo 8 de Levítico.
31Y dijo Moisés a Aarón y a sus hijos: Hervid la carne a la puerta del tabernáculo de reunión; y comedla allí con el pan que está en el canastillo de las consagraciones, según yo he mandado, diciendo: Aarón y sus hijos la comerán. 32Y lo que sobre de la carne y del pan, lo quemaréis al fuego. (Lev. 8:31-32)
Ya dijimos al principio de esta sección que esto parecía una lista de compras para el mercado, y así es como termina también esta sección que trata de la consagración. Los sacerdotes deben comer el alimento que sobra. Y esto simboliza el hecho de que los creyentes ahora deben ingerir o hacer suya la obra completa de Cristo. La paz y la satisfacción son la porción de los creyentes sólo en la proporción en que comen de Cristo. Notemos también que nada debía sobrar. Todo tenía que ser consumido o quemado con fuego. Nada podía sobrar para echarse a perder ni ser malgastado. Amigo oyente, ¡cuán necesario es que el pueblo de Dios coma de Él! Y leamos ahora los versículos finales de este capítulo 8, los versículos 33 al 36:
33De la puerta del tabernáculo de reunión no saldréis en siete días, hasta el día que se cumplan los días de vuestras consagraciones; porque por siete días seréis consagrados. 34De la manera que hoy se ha hecho, mandó hacer Jehová para expiaros. 35A la puerta, pues, del tabernáculo de reunión estaréis día y noche por siete días, y guardaréis la ordenanza delante de Jehová, para que no muráis; porque así me ha sido mandado. 36Y Aarón y sus hijos hicieron todas las cosas que mandó Jehová por medio de Moisés. (Lev. 8:33-36)
Debía haber siete días de consagración y meditación. Durante este tiempo tenían que quedarse continuamente de servicio en la puerta del tabernáculo. Simbolizaban así el hecho de que nuestro Gran Sumo Sacerdote siempre vive para hacer intercesión por los Suyos. Puede que usted se despierte a las dos de la mañana, pero allí estará Él intercediendo por usted. Puede que usted se halle en un apuro, pero allí estará Él intercediendo por usted. ¡Él siempre está disponible!
Finalmente, notemos que todo esto se hizo según el mandamiento de Dios. Esto se acentúa al ser repetido en cada uno de los tres últimos versículos de este capítulo. Notemos en el versículo 34, por ejemplo, dice: De la manera que hoy se ha hecho, mandó hacer Jehová. El versículo 35, la última parte dice: porque así me ha sido mandado. Y el versículo 36: todas las cosas que mandó Jehová. Ahora, el motivo de esto lo aclararemos al estudiar el próximo capítulo.
Y así, amigo oyente, concluimos nuestro estudio de este capítulo 8 de Levítico, en el cual hemos considerado la consagración de los sacerdotes. En nuestro próximo programa, Dios mediante, daremos comienzo al capítulo 9 de Levítico, y allí veremos cómo los sacerdotes dan principio al ministerio. El capítulo 9 es intensamente interesante, porque presenta no solamente la iniciación de Aarón y sus hijos en el servicio del sacerdocio, sino que también ofrece los detalles del rito diario del servicio de los sacerdotes. A excepción del gran día de la expiación, hay muy pocos detalles en el resto de la Escritura en cuanto al rito diario. Esto es pues, lo que nos espera en nuestro estudio del capítulo 9 de Levítico. Y esperamos que usted haya de acompañarnos. Mientras tanto, le sugerimos leer por anticipado el capítulo 9 de Levítico, lo que le permitirá estar al tanto de su contenido, de tal forma que el estudio de este pasaje de la Escritura será de fácil entendimiento y gran provecho espiritual. Será pues, Dios mediante, hasta nuestro próximo programa, es nuestra oración ¡que el Señor le bendiga muy ricamente!

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