Estudio Bíblico: Levítico Capítulo 13:3-6

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Estudio de Levítico Capítulo 13:3-6. La Santa Biblia en audio MP3.
Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro viaje por Levítico, el tercer libro de Moisés. En nuestro programa anterior, comenzamos a considerar el versículo 3 de este capítulo 13 de Levítico. Y decíamos que no se hacía ningún juicio precipitado. Los sacerdotes observaban con cuidado al hombre o a la mujer sospechosos de tener lepra durante cierto período de tiempo. Si una lesión en la piel empezaba a desaparecer, permitían que esa persona volviera a su hogar. Pero si, en cambio, el pelo se volvía blanco, eso indicaba que la enfermedad era más profunda que la piel. Entonces, el sacerdote tenía que declarar inmunda a esa persona. Y dijimos que el Gran Médico también ha hecho una cuidadosa inspección de nosotros y ha hecho su diagnóstico. El Apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, capítulo 3, versículos 13 al 16, dice: Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus caminos; Luego, en el versículo 23, agrega: por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios. Amigo oyente, todos somos inmundos. Como cualquier médico, el Gran Médico nos pide abrir la boca y nos examina la garganta. Luego, nos pide sacar la lengua y allí encuentra engaño y mentira. Examina la boca y allí debajo de los labios, todo lo que encuentra ahí no es nada atractivo. Todos somos leprosos espirituales. Y Dios no puede aceptar a leprosos espirituales en el cielo. Tienen que ser curados antes de llegar allí. Consideremos ahora, por unos momentos, la lepra como un vivo tipo de pecado.
En primer lugar, la lepra está en la sangre. La heredamos. Y somos pecadores por naturaleza.
En segundo lugar, la lepra se manifiesta en formas aborrecibles. Amigo oyente, permítanos decirle que el pecado es aborrecible en muchas maneras.
En tercer lugar, la lepra es una enfermedad horrible. El Dr. Kellogg escribió: “De entre todas las enfermedades, la lepra ha sido seleccionada por el Espíritu Santo para ser señalada como el supremo símbolo del pecado, visto por los ojos de Dios”.
En cuarto lugar, la lepra principia de una manera muy pequeña: un naciente, un escabro o tumor, una mancha. Pero su fin es mortífero. Lo que al comienzo es algo tan pequeño luego llega a ser una condición horrorosa y terrible. Los leprosos en la mayoría de los países hoy en día están aislados del pueblo y segregados en hospitales o en colonias especiales. Los que apenas hemos visto fotografías de leprosos nos damos cuenta de lo terrible que es la enfermedad. Hace un siglo un misionero, William Thompson, describió la lepra en Palestina en un estudio que tituló “La Tierra y el Libro”. Dice él: “Al acercarme a Jerusalén, me causó gran espanto la aparición repentina de una multitud de pobres, sin ojos, sin narices, sin cabellos, sin nada. Levantaban sus brazos mancos, y unos sonidos espantosos gorgoteaban de sus gargantas sin paladar; en una palabra, ¡quedé horrorizado”!
El pecado, amigo oyente, parece ser una cosa tan pequeña e infinitesimal en un niñito. Puede aparecer primero como una manchita blanca. Los padres y parientes creen que Jaimito es muy gracioso cuando da sus alaridos y patadas al aire. Pero, a menos que disciplinen a Jaimito y le conduzcan a un conocimiento Salvador de Jesucristo, llegará a constituirse en un violador de la ley y delincuente juvenil. Judas, Nerón y Hitler eran probablemente pequeñitos muy lindos y graciosos en su niñez. Ningún borracho jamás ha llegado a ser alcohólico por beber una sola bebida, pero tampoco existe el alcohólico que no tomó la primera bebida. Todos los pecados principian así – pequeños.
En quinto lugar, la lepra no sólo progresa lentamente desde un principio muy pequeño, sino progresa irremediablemente. Desde un pequeño principio, avanza segura y progresivamente a una crisis trágica. El Dr. Thompson, un experto sobre esta enfermedad, ha dicho: “Aparece gradualmente en diferentes partes del cuerpo. El pelo comienza a caerse de la cabeza y de las cejas; las uñas se aflojan y se caen; una tras otra las coyunturas de los dedos se encogen y lentamente se marchitan; las encías son absorbidas y los dientes desaparecen; la nariz, los ojos, la lengua, el paladar lentamente son consumidos; y al fin, la pobre víctima cae en la tierra y desaparece”. Hasta aquí, el comentario del Dr. Thompson.
Dios dice que el pecado es como esto. El profeta Ezequiel, en el capítulo 18 de su profecía, versículo 4, dice: “He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá”. Y Santiago, en el capítulo 1 de su carta, versículo 15, dice: “Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”
La lepra es una muerte viviente, y así trataban a los leprosos casi como si estuviesen muertos. El Apóstol Pablo, dice en su carta a los Romanos, capítulo 6, versículo 23: “la paga del pecado es muerte”. Y en su carta a los Gálatas, capítulo 6, versículos 7 y 8, Pablo dice: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”.
De la misma manera en que la lepra ataca al hombre en todo su cuerpo, así también el pecado destruye al hombre entero. Ambos son corrosivos en sus efectos, y obran lenta pero seguramente hasta que, por fin, revientan en una manifestación destructiva que resulta en la muerte. Ningún hombre jamás ha resultado ser malo de la noche a la mañana. La lepra no mató a nadie en un sólo día. No es como un ataque cardíaco. Pero el leproso, una vez confirmada la enfermedad, era tratado como un hombre muerto, pues la enfermedad era una muerte caminante.
De igual manera, el pecador también está muerto aún mientras vive físicamente. El Apóstol Pablo, escribiendo a los Efesios, en el capítulo 2, versículos 1 y 2, dice: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo”.
Sin la intervención de Cristo, amigo oyente, el fin ineludible y terrible del pecado y de la lepra es la misma muerte.
En sexto lugar, la lepra no produce ningún dolor agudo ni inaguantable como lo producen otras enfermedades. La lepra mantiene al hombre triste e intranquilo. Asimismo el pecado produce una inquietud y tristeza en el hombre que es muy evidente, aun en nuestra cultura. A los hombres les gusta ser entretenidos y que les hagan reír, porque se sienten tristes. Las multitudes se congregan en los lugares de diversiones y en los cabarets y clubes nocturnos para divertirse. Mire usted esas caras tristes con sus miradas clavadas en el vacío. Observe los carros llenos de personas impacientes que no llegan a ninguna parte por más que viajen. Es lepra. Por fin, tanto la lepra como el pecado, traen a la persona al punto de no tener ninguna sensibilidad. Y esto es exactamente lo que dijo Pablo en su carta a los Efesios, capítulo 4, versículo 19: los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza. Es decir, que caen en una condición de contentamiento que es muy triste. O, como lo dice el mismo Pablo, en su primera carta a Timoteo, capítulo 4, versículo 2, llegan a tener cauterizada la conciencia.
En séptimo lugar, se cree que la lepra es hereditaria. Ahora, si lo es o no lo es, no lo sabemos. Pero, lo que sí sabemos es que el pecado ciertamente es hereditario. Permítanos citar aquí, amigo oyente, algo que creemos es muy importante. “Donde la educación asume que la naturaleza moral del hombre es capaz de ser mejorada, el cristianismo asume que la naturaleza moral del hombre es corrupta, categóricamente mala. Donde se asuma en la educación que un agente humano exterior puede servir de instrumento en el mejoramiento moral del hombre, el cristianismo asume que el agente es Dios, y aún así, que la naturaleza moral del hombre no se puede mejorar sino que necesita ser cambiada por una nueva”.
Y en octavo lugar, por fin la lepra y el pecado separan al hombre de Dios. Parecía cruel que el leproso no solamente fuera excluido de la sociedad, sino también del santuario. Pero tenemos que recordar que Dios es santo, y es el Autor de la justicia y la limpieza. Por eso, la lepra es un símbolo apropiado del pecado que nos separa de Dios. El profeta Isaías, en el capítulo 59 de su profecía, versículo 2, dice: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”.
En la Nueva Jerusalén, el pecador no perdonado y no lavado será excluido de la presencia de Dios según lo leemos en Apocalipsis, capítulo 21, versículo 27, donde dice: No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero. También en el capítulo 22 de Apocalipsis, versículo 15, leemos: Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira. Así la lepra permanece como un símbolo o tipo perfecto del pecado. Es pecado, por decirlo así, hecho visible en la carne. El sacerdote tenía que examinar al leproso y luego declararle inmundo. Asimismo, el Gran Médico mira a la humanidad y la declara inmunda. Hace esto, amigo oyente, para que podamos acudir a Él para nuestra purificación. Dios, por medio de Jesucristo, siempre está listo a tocar al leproso físico o espiritual, y limpiarlo. Volviendo ahora al capítulo 13 de Levítico, leamos el versículo 4:
4Y si en la piel de su cuerpo hubiere mancha blanca, pero que no pareciere más profunda que la piel, ni el pelo se hubiere vuelto blanco, entonces el sacerdote encerrará al llagado por siete días. (Lev. 13:4)
Estamos dedicándole mucho tiempo al principio de este capítulo porque es muy importante que veamos la analogía que hay aquí, y que recibamos el gran mensaje espiritual que hay para nosotros hoy en día. No se habla mucho en cuanto al pecado en nuestros días, y nuestro problema principal es precisamente el pecado.
Ahora, en este versículo, vemos que no había ninguna prisa en hacer un juicio o pronunciamiento. De igual manera, Dios es tardo para la ira en Su relación con nosotros. Dios es muy paciente y concede toda oportunidad al pecador. En el capítulo 34 de Éxodo, versículos 6 y 7, dice: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación”.
Estos versículos se encuentran en el Antiguo Testamento. Ahora, ¿qué dice el Nuevo Testamento en cuanto a la paciencia de Dios? Bueno, el Apóstol Pedro, en su segunda carta, capítulo 3, versículo 9, dice: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. El caso es que el sacerdote tenía que aislar al hombre por siete días. Al comienzo sospechaba o creía que tenía lepra, pero tenía que ser paciente con el enfermo. Asimismo, Dios ha aislado al mundo de la enfermedad del pecado. Como lo dice el Apóstol Pablo en su carta a los Romanos, capítulo 11, versículo 32: “Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”. O también, en su carta a los Gálatas, capítulo 3, versículo 22, donde dice: “Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes”. “Encerró”, aquí, significa: “aisló juntos”.
Dios ha puesto al mundo en cuarentena, amigo oyente, y no va a dejar que el hombre salga lejos en Su universo. Fue algo casi gracioso que, cuando primero trajeron de regreso a los astronautas de la luna, verificaron si habían o no traído alguna enfermedad a la tierra. Ya tenemos acá suficientes enfermedades. ¿Cree usted, amigo oyente, que los hombres dejaron más bien alguna enfermedad allá en la luna? Dios nos pone en cuarentena aquí para tener misericordia de nosotros. Leamos ahora el versículo 5 de este capítulo 13 de Levítico:
5Y al séptimo día el sacerdote lo mirará; y si la llaga conserva el mismo aspecto, no habiéndose extendido en la piel, entonces el sacerdote le volverá a encerrar por otros siete días. (Lev. 13:5)
Después de pasar los siete días el sacerdote hacía otra inspección, y si todavía quedaba un elemento de incertidumbre, entonces el enfermo se ponía en cuarentena por siete días más. Como vemos, no había ningún juicio precipitado en todo esto. Y debemos aprender de esto que nunca debemos hacer juicios precipitados en cuanto a otros. Es cosa seria lanzar una falsa acusación contra otro creyente. El Apóstol Pablo, le dijo al joven Timoteo, en su primera carta, capítulo 5, versículo 19: “Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos”. También le advirtió que en los postreros días habría calumniadores.
Un pastor dice que tiene por costumbre no dejar que alguien critique a un oficial de la iglesia, a menos que el acusado esté presente para escuchar la acusación. Y, pregunta él: ¿sabe cuántas acusaciones he oído durante los últimos 21 años? Solamente una. Amigo oyente, debemos tener mucho cuidado en cuanto a esto. Pasemos ahora al versículo 6 de este capítulo 13 de Levítico:
6Y al séptimo día el sacerdote le reconocerá de nuevo; y si parece haberse oscurecido la llaga, y que no ha cundido en la piel, entonces el sacerdote lo declarará limpio: era erupción; y lavará sus vestidos, y será limpio. (Lev. 13:6)
Si la llaga no había cundido en la piel en catorce días, sino que había mejorado, era obvio que no era lepra lo que padecía, y el hombre se declaraba limpio. Esas palabras eran gratas a sus oídos, y estamos seguros que podría cantar un himno de júbilo. Ya no era necesario estar marginado de sus familiares y seres queridos, sino que era declarado limpio y así podía volver a su casa.
Recuerde usted que el Señor tocó a los leprosos que acudieron a Él, y los limpió. Más que eso, Él dice a los leprosos espirituales que depositan su fe en Él, que sus pecados son perdonados. Amigo oyente, fue para demostrar esto que Jesús sanó a los enfermos. Sanó las enfermedades físicas para demostrar que Él es el Salvador que puede perdonar los pecados. Usted recordará que allá en el capítulo 5 del evangelio según San Lucas, versículos 17 al 26, se nos narra la curación del paralítico que fue descendido por el techo a causa de la multitud que había en la casa. Y que los escribas y los fariseos se preguntaban: “¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?” Por tanto, Jesús le dijo primero al paralítico, que sus pecados le eran perdonados. Luego dijo: Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa”. Es importante, amigo oyente, reconocer que Jesús tiene autoridad de hacer ambas cosas.
Y aquí nos detenemos por esta oportunidad. Continuaremos nuestro estudio de este capítulo 13 de Levítico en nuestro próximo programa. Y para que esté mejor informado del contenido de este capítulo, le instamos a que lea los versículos siguientes, ya que de esta manera estará listo para estudiar junto a nosotros este importante libro del Antiguo Testamento. Será, pues, hasta nuestro próximo programa, es nuestra oración ¡que el Señor le bendiga en gran manera!

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